La bebida de cada noche

Los días siguientes los pasé fingiendo un cansancio mayor del que sentía, moviéndome despacio por la cocina y el dormitorio, dejando la taza a medias cuando podía y anotando en un cuaderno pequeño cada dosis, cada gesto y cada frase que me parecía importante. Con ayuda de un abogado, un hombre prudente que escuchaba más de lo que hablaba, revisé las cuentas de la empresa de Daniel y descubrí transferencias mensuales al instituto, regulares como un reloj, sin explicaciones claras y con conceptos vagos que parecían escritos para no decir nada. Entre aquellos papeles apareció también un poder que permitiría a Daniel decidir sobre mi tratamiento médico, un documento que yo no recordaba haber firmado con esa intención y que, leído con calma, sonaba exactamente como la puerta que el plan B necesitaba. Sentí frío al comprender que no se trataba solamente de una bebida ni de un frasquito oscuro, sino de una estructura completa, con dinero, papeles y firmas, construida alrededor de mi vida.

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