El abogado me explicó, sin alarmarme más de lo necesario, que aquel poder no era una prueba por sí solo, pero que unido a las transferencias, a los análisis y a las grabaciones dibujaba un patrón difícil de negar. Me aconsejó no confrontar a Daniel, no hacer preguntas directas y no mostrarle que yo ya conocía el camino que estaban preparando para mí. Le hice caso, aunque cada noche me costaba más sentarme a la mesa y sonreír mientras él preparaba mi bebida con la misma ternura de siempre. Observaba sus manos, el vapor que subía de la taza, la manera en que se quedaba a mi lado hasta que yo terminaba, y me preguntaba en qué momento el amor se había convertido en un procedimiento. Guardaba el resto cuando podía, lo llevaba al laboratorio en secreto y volvía a casa con la sensación de estar viviendo dos vidas a la vez: la esposa cansada que Daniel quería ver y la mujer que anotaba, guardaba y esperaba.
La bebida de cada noche