Una noche Daniel regresó a la mansión con un regalo envuelto con cuidado, una caja pequeña que dejó sobre la mesa con una sonrisa que intentaba parecer espontánea. Me abrazó, me besó en la frente y me habló con una ternura que, meses atrás, me habría hecho llorar de gratitud. Me dijo que había estado pensando en mi cansancio, en mis noches inquietas y en mi dificultad para concentrarme, y que por fin había encontrado una solución para que descansara mejor. Su voz era suave, casi un susurro, y sus palabras estaban elegidas para sonar como cuidado y no como control. Me anunció que mañana me llevaría con un especialista amigo suyo, alguien de total confianza, que sabría exactamente qué hacer para ayudarme a recuperar el sueño y la calma. Sentí que el aire se volvía denso a mi alrededor, porque después de todo lo que había escuchado y leído, la palabra especialista ya no me sonaba a ayuda, sino a la siguiente fase de un plan que yo conocía demasiado bien.
La bebida de cada noche