Intenté mantener la voz serena, asentí como si aquella propuesta me aliviara y le agradecí el regalo sin abrirlo del todo, mientras mi mente repasaba las transferencias, el poder, la clínica y la frase que Daniel había susurrado por teléfono. No quería que notara mi miedo ni mi sospecha, porque todavía necesitaba tiempo, pruebas y la protección del doctor Reyes y del abogado. Le pregunté, con naturalidad, si aquel especialista trabajaba en algún hospital conocido o si lo veríamos en su consulta particular, y Daniel respondió con detalles vagos, como si lo importante fuera mi descanso y no el lugar ni el nombre. Entonces, reuniendo todo el valor que me quedaba, le hice la pregunta que realmente importaba y que no podía dejar sin respuesta antes de aceptar acompañarlo al día siguiente. Le pregunté cómo se llamaba el especialista, y Daniel respondió sin dudar: “Isabel Duarte”.Parte 7. La sala preparada
La bebida de cada noche