Al día siguiente Daniel me llevó a la clínica con la misma amabilidad con la que me preparaba la bebida cada noche, hablando del tráfico, del clima y de lo bien que me sentiría después de descansar, como si aquel viaje fuera un simple favor de un esposo preocupado. Yo asentía en silencio, con las manos cruzadas sobre mi bolso y el corazón latiendo demasiado rápido, porque sabía que al final de aquel camino no me esperaba un médico desconocido, sino Isabel Duarte, la antigua compañera a quien yo daba por desaparecida desde hacía veinte años. Cuando entramos, Isabel nos recibió con una calma estudiada, una sonrisa medida y una voz serena que no temblaba en absoluto, como si llevara mucho tiempo ensayando aquel momento. Me saludó por mi nombre completo, me miró con una familiaridad que me resultó incómoda y me hizo pasar a un despacho luminoso donde todo parecía ordenado para inspirar confianza.
La bebida de cada noche