Reyes preparó entonces un informe que relacionaba cada aumento de dosis con el empeoramiento de mi memoria, revisando los análisis, las fechas y los síntomas que yo había anotado: el cansancio creciente, la dificultad para concentrarme y los olvidos de cosas simples que antes recordaba sin esfuerzo. Su informe era claro, ordenado y prudente, sin exageraciones, y mostraba una secuencia que resultaba difícil de atribuir al azar: cuando la dosis subía, mi memoria empeoraba; cuando yo lograba guardar parte de la bebida, los días parecían algo más nítidos. Mientras él escribía, yo recordaba a mi primera alumna, su nombre, su risa en el aula y la sensación de haber guardado durante décadas recuerdos que ahora alguien quería convertir en un patrón de estudio. Aquella memoria, que Isabel llamaba excepcional, era también mi vida, y defenderla se había convertido en la única manera de seguir siendo yo misma.
La bebida de cada noche