El abogado aseguró las pruebas en una notaría independiente, lejos de la mansión y del instituto, y guardó copias del expediente, los análisis, las grabaciones y el informe de Reyes con las formalidades necesarias para que nadie pudiera decir después que habían sido alteradas. Me explicó cada paso, me pidió que revisara cada documento antes de firmarlo y me aseguró que ninguna copia quedaría en manos de Daniel ni de Isabel. Salí de la notaría con una sensación extraña, como si por primera vez en meses la verdad tuviera un lugar seguro fuera de mi casa, un lugar donde no dependía de mi memoria ni de la voluntad de mi esposo. Sabía que todavía faltaba presentar la denuncia, pero también sabía que ya no estaba sola frente a una estructura construida con dinero, papeles y firmas.
La bebida de cada noche