La bebida de cada noche

El abogado nos advirtió que debíamos actuar con rapidez, porque una vez presentada la denuncia el instituto intentaría desacreditar las pruebas, alegar que mi consentimiento era válido y presentar mi cansancio como una enfermedad natural de la edad. Reyes añadió que cada día con una dosis mayor aumentaba el riesgo para mi salud y que no podíamos permitirnos esperar a que Isabel y Daniel decidieran el siguiente paso por nosotros. Acordamos reunirnos de nuevo esa misma tarde, revisar la denuncia línea por línea y presentarla antes de que la noche volviera a convertir mi dormitorio en el lugar donde todo se decidía en silencio. Yo asentí, aunque sentía el miedo crecer en mi pecho, porque sabía que Isabel no se quedaría quieta mientras nosotros preparábamos papeles y que Daniel, atrapado entre su empresa y su confesión, podía cambiar de actitud en cualquier momento.

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