Isabel añadió que yo había tenido episodios de desorientación y que el traslado era lo más prudente. Cada palabra suya sonaba preparada, como si la hubiera ensayado frente a un espejo. Yo asentí apenas, con la cabeza baja, y dejé que creyeran que el cansancio me había vencido. Daniel fue a la cocina, siguiendo la rutina impuesta durante meses, y regresó con mi taza humeante. El olor familiar me revolvió el estómago, porque ya no era un consuelo, sino una prueba. Me ofreció la bebida con ternura y me miró fijamente, esperando que la bebiera hasta el final.
Yo fingí un sorbo largo y dejé que el líquido tibio tocara apenas mis labios. Luego, con un movimiento torpe que pareció natural, dejé la taza sobre la mesita y me cubrí la cara con las manos. Parecía que el sueño me vencía, pero la mayor parte de la bebida seguía intacta. Mi teléfono continuaba grabando en el bolsillo de la bata, registrando cada voz, cada paso y cada amenaza disfrazada de cuidado. —No quiero ir a ninguna clínica —dije con voz débil—. Esta es mi casa y aquí estoy bien, no me lleven, por favor. Isabel me tomó la mano con una suavidad que me heló la piel.