La bebida de cada noche

Isabel miró la taza casi llena y frunció apenas los labios, como si un detalle pequeño pudiera arruinar su guion. Daniel me susurró que bebiera un poco más para calmarme, pero su voz sonaba más a súplica que a orden. Yo cerré los ojos, fingí un mareo leve y dejé caer la cabeza hacia adelante, como si el cuerpo ya no me obedeciera. El silencio que siguió fue incómodo, porque todos entendieron que yo no iba a colaborar con la escena. Isabel recuperó pronto su sonrisa y dijo que, precisamente por eso, no debíamos esperar más.

Me aseguró que nadie quería hacerme daño y que la clínica tenía una habitación tranquila. Los asistentes se colocaron cerca de la puerta del dormitorio, como si esperaran una orden. El notario pasó las páginas del documento con un bolígrafo ya destapado, listo para recoger una firma. Yo repetí mi negativa con menos fuerza aparente y observé a Daniel de reojo. Tenía el documento frente a él y el bolígrafo entre los dedos, pero no escribía. Su rostro pálido delataba una lucha que ya no podía ocultar.

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