La bebida de cada noche

El notario carraspeó y explicó, con tono neutro, que el documento solo necesitaba la firma del esposo y un testigo. Dijo que el ingreso era temporal, que la clínica evaluaría mi estado y que todo quedaría registrado conforme a la ley. Isabel asintió con satisfacción, como si la formalidad bastara para convertir una coacción en un cuidado. Yo sentí frío en las manos, porque la ley que nombraban no me protegía en ese pasillo, sino que se usaba contra mí. Daniel apretó el bolígrafo, lo soltó, y volvió a mirarme, buscando en mi rostro una respuesta que él mismo temía escuchar.

—Daniel —dijo Isabel, sin perder la sonrisa—, como esposo, tu firma basta para autorizar el ingreso. Es por su bien, y tú lo sabes mejor que nadie. Él levantó la vista hacia mí y, por primera vez en meses, vi una duda verdadera en sus ojos. Miró el documento, miró la taza que yo no había bebido y miró a los asistentes en silencio. De pronto comprendió que firmar era entregarme por completo. Dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe suave, dio un paso atrás y se colocó frente a la puerta del dormitorio. Su cuerpo, aunque con los brazos caídos, se convirtió en una barrera firme.

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