La bebida de cada noche

—Daniel, apártate —ordenó Isabel, y su voz perdió por fin la dulzura—. No compliques algo que ya está decidido. Él no se movió, y yo me aferré al bolsillo de mi bata, donde el teléfono seguía grabando. Repetí en voz baja que no quería irme, mientras el notario colocaba el documento sobre la mesa del pasillo. Los asistentes avanzaron un paso hacia Daniel, con la tensión visible en sus rostros. Isabel levantó una mano y señaló la puerta con un gesto seco. Entonces ordenó a los asistentes que apartaran a Daniel mientras el notario abría el documento de internamiento sobre la mesa del pasillo.Parte 11. La entrada de la policía

El pasillo se había convertido en un espacio demasiado estrecho para tanta tensión. Los asistentes avanzaban hacia Daniel con pasos cortos, como si temieran que un gesto brusco rompiera la escena. Isabel repetía que todo estaba decidido y que no debíamos perder más tiempo. Yo me aferraba al bolsillo de mi bata, donde el teléfono seguía grabando, y repetía en voz baja que no quería ir a ninguna clínica. Daniel no se apartaba de la puerta, y su silencio era ya una respuesta. Entonces, desde la entrada, se escuchó un golpe firme que no pertenecía a aquella visita.

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