La bebida de cada noche

La puerta principal se abrió con una orden clara y varios agentes entraron en la mansión en plena discusión. Sus voces llenaron el vestíbulo, firmes y controladas, y pidieron a todos que se apartaran y que no tocaran ningún documento. Isabel se quedó inmóvil un instante, con la sonrisa congelada, mientras el notario dejaba caer el bolígrafo sobre la mesa. Los asistentes retrocedieron hacia la pared, con las carpetas apretadas contra el pecho, y Daniel levantó las manos despacio, sin oponer resistencia. Yo sentí que el aire volvía a mis pulmones, aunque las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en el marco de la puerta.

Un agente se acercó a mí, me preguntó si estaba bien y si necesitaba ayuda médica inmediata. Yo asentí, saqué el teléfono del bolsillo con manos temblorosas y les mostré que la grabación seguía en curso. Les expliqué, con la voz entrecortada, que Isabel había llegado con un notario para obligar mi ingreso y que Daniel no había firmado. El agente asintió, pidió que no borrara nada y ordenó que se preservara la escena tal como estaba. Otro agente tomó la taza casi intacta, la guardó con cuidado en una bolsa y anotó la hora, el lugar y las personas presentes. Por primera vez en meses, mi miedo tenía testigos.

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