Después, la policía inició un registro ordenado de la zona donde se había desarrollado la discusión. Incautaron los frasquitos oscuros que Daniel guardaba, el documento de internamiento abierto sobre la mesa del pasillo y las grabaciones de mi teléfono. También tomaron el teléfono de Daniel, porque sus mensajes podían mostrar las órdenes recibidas y la coordinación con Isabel. Cada objeto quedó etiquetado, fotografiado y guardado en bolsas transparentes, y yo observaba el procedimiento con una mezcla de alivio y vergüenza. Alivio, porque ya no estaba sola frente a ellos; vergüenza, porque mi matrimonio se había convertido en una escena policial.
Isabel protestó con calma, dijo que todo era un malentendido médico y que actuaba por mi bienestar. Los agentes no discutieron con ella, pero tampoco le permitieron recoger sus carpetas ni acercarse al documento. Daniel, en cambio, no intentó justificarse, y cuando le colocaron las esposas, me miró con una expresión que no supe interpretar del todo. Había culpa en sus ojos, pero también una especie de descanso, como si por fin hubiera dejado de sostener una mentira. Yo aparté la vista, porque no quería que ese momento se convirtiera en perdón, y recordé que su mano había estado a punto de firmar.