El doctor Reyes llegó poco después, tenso, y me explicó que había esperado la señal acordada durante toda la noche. Al no recibir mi mensaje de seguridad, entendió que algo había salido mal y avisó a la policía sin esperar más. Me tomó la mano con cuidado y me dijo que había hecho bien en mantener la grabación y en no beber la taza. Yo le agradecí en voz baja, porque su llamada había cambiado la noche. Mientras tanto, los agentes separaban a Isabel y a Daniel para trasladarlos, y la mansión quedaba en un silencio extraño.
En la comisaría, el ambiente era frío, luminoso y completamente distinto al de mi casa. Un abogado me acompañó mientras yo prestaba declaración, y repasé con él los frasquitos, las dosis semanales, la firma falsificada y la presión para ingresar en la clínica. Los agentes tomaron nota de cada detalle, me pidieron que confirmara fechas y nombres, y me aseguraron que las pruebas quedarían bajo custodia. Yo hablaba despacio, tratando de no olvidar nada, porque sabía que cada palabra podía proteger a otras personas. Afuera, en el pasillo, se oían pasos, puertas y voces bajas que me recordaban que la noche aún no había terminado.