Cuando sonó el timbre, el sonido me atravesó el pecho como un golpe seco. Daniel se quedó inmóvil un instante antes de ir hacia la puerta con pasos lentos. Yo me levanté despacio y me apoyé en el respaldo de una silla para no tambalearme. Respiré con calma, aunque el corazón me latía con una fuerza que me asustaba. En el vestíbulo se oyeron voces bajas, zapatos sobre el mármol y el roce de papeles. Supe antes de verlos que no venían a conversar, sino a ejecutar un plan ya decidido.
Isabel entró primero, con su abrigo oscuro perfectamente abrochado y una sonrisa serena que no llegaba a sus ojos. Detrás de ella avanzaron un notario de traje gris y dos asistentes jóvenes con carpetas y una maleta pequeña. —Margarita, querida —dijo Isabel con dulzura estudiada—, no venimos a asustarte, venimos a cuidarte. Yo la miré sin responder, porque su calma me parecía más amenazante que cualquier grito. Daniel evitaba mis ojos y se colocaba a un lado, como si ya no supiera dónde debía estar. El notario abrió su carpeta en el recibidor y habló de un ingreso que, según él, protegería mi salud.