“Tenía las manos ásperas. Siempre olía a jabón. No decía mucho ‘te quiero’, pero me arreglaba los bajos de los vestidos y me esperaba despierta cuando yo volvía tarde.”
Sonrió con tristeza.
“Durante años pensé que necesitaba saber por qué me habían dejado. Luego entendí que también necesitaba mirar quién me había esperado.”
Me quedé callada.
Aquello era exactamente lo que Lucas necesitaba aprender.
No de golpe.
No con una charla.
Con el tiempo.
Con gestos.
Con gente que se queda.
Un mes después volvimos a celebrar “nuestro día de familia”.
No esperamos al año siguiente.
Lo hicimos porque Lucas lo pidió.
“Pero esta vez más pequeño”, dijo.
“¿Más pequeño que el anterior?”
“Sí. Solo gente que cuida.”
Así que pusimos la mesa en el patio.
Tortilla.
Croquetas.
Pan.
Aceitunas.
Pastel casero.
Doña Amalia llegó con una maceta nueva, envuelta en papel de periódico.