Mi esposo gastó en 101 rosas para su madre, pero a mí me dio un único tulipán roto: “Ella merece lo mejor; tú todavía no”. Llevábamos 4 años buscando un hijo y él no sabía que yo ya tenía dos pruebas positivas. No lloré ni discutí; esperé el ultrasonido, dejé la imagen sobre la mesa y preparé una maleta antes de que saliera del baño.

Entonces vio la maleta.

Su expresión cambió.

—¿Te vas?

—Sí. Voy con Sofía unos días.

Mi amiga vivía en Tepotzotlán y me había dicho apenas unas horas antes:

“Mi casa está abierta. No tienes que explicarme nada”.

Rodrigo comenzó a caminar detrás de mí.

—Estás embarazada. No puedes tomar decisiones así.

—Estar embarazada no me quitó la capacidad de decidir.

—Mi mamá no quiso ofenderte.

—Tu mamá sabe perfectamente lo que hace. El problema es que durante cuatro años tú preferiste fingir que no.

Cuando llegué a la puerta, Rodrigo bajó la voz.

—No hagas una tontería. Vas a regresar.

No era una pregunta.

Era la seguridad de un hombre acostumbrado a que yo cediera.

Lo miré por última vez.

—Eso creías de la Mariana de ayer.

Cerré la puerta.

En el autobús rumbo a Tepotzotlán, mi teléfono vibró siete veces.

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