Saqué otro documento.
—Aquí están las autorizaciones electrónicas. Todas llevan tu firma.
El consejero dejó de preguntarme a mí.
Se levantó, llamó a su abogado y salió de la carpa.
Otro inversionista hizo lo mismo.
Santiago bajó del escenario y me sujetó del brazo.
—Estás arruinando mi empresa por despecho.
Me solté.
—Tu empresa casi quebró cuando te conocí. Yo la ayudé a levantarse. La que la puso en riesgo fuiste tú cuando decidiste usarla como cartera personal.
—¡Todo lo que tienes salió de mí!
Esa frase sí me hizo reír.
—Cuando te conocí debías hasta la renta de tu oficina. Yo conseguí la primera ronda seria de inversión. Yo corregí tu modelo financiero. Yo puse dinero heredado de mis padres cuando nadie quería prestarte un peso. Y cuando empezaste a desviar recursos, también fui yo quien vio las anomalías.
La gente ya no miraba a Daniela, sino a Santiago.