Había convertido una infidelidad en un problema corporativo.
A las once de la mañana del día siguiente, mi tía Marta, que estaba invitada por amistad con varias familias de Guadalajara, me mandó un mensaje:
“Beatriz ya subió al escenario.”
Abrí la transmisión privada que Marta había activado desde su celular.
Vi a Santiago cargando al niño. Daniela sostenía a la niña. Ambos sonreían frente a más de doscientas personas.
Doña Beatriz tomó el micrófono.
Primero habló del apellido, de la tradición y de la importancia de la verdad.
Luego miró directamente a Daniela.
—Antes de presentar a estos niños como herederos de nuestra familia —dijo—, quiero que su madre responda una sola pregunta.
Daniela dejó de sonreír.
Beatriz levantó una carpeta.
—¿Quién es Rodrigo Alcázar para estos bebés?