El rostro de Santiago se vació.
Y justo cuando comenzó a gritar que su madre estaba loca, yo cerré mi laptop, tomé mi portafolio y salí del hotel.
Porque la verdad sobre los gemelos era solo la mitad de lo que Santiago iba a perder ese día…
PARTE 3
Cuando llegué a la residencia de los Alcázar, el jardín parecía una fotografía rota.
Las mesas seguían perfectamente decoradas. Los meseros permanecían inmóviles con las charolas en las manos. Un cuarteto de cuerdas había dejado de tocar. Más de doscientas personas miraban hacia el escenario con esa mezcla de morbo y vergüenza que aparece cuando una fiesta elegante se convierte en desastre.
Doña Beatriz seguía frente al micrófono.
Daniela estaba pálida.
—No tiene derecho a hacerme esto —balbuceó—. Los niños son de Santiago.