No hubo ninguna sentencia inmediata ni una solución milagrosa.
Pero ocurrió algo que mi madre jamás había permitido dentro de nuestra familia: otras personas pudieron escuchar a Renata sin que Teresa interrumpiera, corrigiera o descalificara cada palabra.
Las marcas de sus brazos quedaron registradas. También quedaron asentadas nuestras declaraciones.
Mi padre terminó contando lo que había presenciado.
Cuando regresamos a casa, Renata durmió casi once horas seguidas.
Yo permanecí sentada en la sala, mirando la puerta de su habitación.
Por primera vez comencé a recordar conversaciones a las que nunca había dado suficiente importancia.
Meses atrás, mi hija me había contado que su abuela revisaba sus cuadernos.
—Dice que si no escondo nada, no debería molestarme —me explicó entonces.
Yo había respondido:
—Ya conoces a tu abuela. No le des motivos para discutir.
Recordé otra ocasión en la que Teresa abrió la mochila de Renata durante una comida familiar. Mi hija protestó y mi madre dijo, frente a todos: