—En esta familia no existen secretos entre adultos y niños.
Nadie la contradijo.
Ni siquiera yo.
También recordé mi propia adolescencia.
Mi madre revisaba mis cajones, leía las cartas de mis amigas y consideraba sospechoso que cerrara la puerta de mi habitación.
Cuando yo protestaba, mi padre decía:
—Hazle caso a tu mamá. Es más fácil que discutir.
Había crecido creyendo que mantener la paz significaba ceder.
Sin darme cuenta, estaba enseñándole exactamente lo mismo a Renata.
Aquella noche lloré por ella y también por la niña que yo había sido.
Al tercer día, mi hija me encontró observando una fotografía antigua.
En ella aparecía sentada sobre las piernas de Teresa, cuando tenía apenas seis años. Ambas estaban riendo mientras preparaban tamales para Navidad.
—Puedes guardarla si quieres —dijo.
—¿Te molesta verla?
Renata negó lentamente.