—Renata está recuperándose.
—Yo también estoy sufriendo. ¿Has pensado en eso?
—¿Quieres saber cómo está tu nieta?
Hubo una pausa.
—Supongo que me habrías avisado si estuviera grave.
Cerré los ojos.
—Mamá, sujetaste a Renata hasta lastimarla. Le impediste llamarme y después trataste de ocultar lo sucedido.
—¡Porque estaba completamente fuera de control!
—Te pidió regresar conmigo.
—¡No puedes permitir que una adolescente mande sobre toda la familia!
—No se trata de mandar. Se trata de que tiene derecho a pedirme ayuda.
Mi madre suspiró.
—Lamento que terminara lastimada. ¿Contenta?
—¿Lamentas haberla sujetado?
—Estaba impidiendo una imprudencia.
—¿Lamentas haberle mentido diciendo que yo estaba de acuerdo?
—Sabía que llegarías a desautorizarme.
Aquella respuesta confirmó lo que mi padre había contado.
Teresa no había actuado porque desconociera mis deseos. Había actuado precisamente porque los conocía.
—Entonces no entiendes lo que hiciste —respondí.