Me dolía aceptar que algunos de nuestros recuerdos habían sido genuinos.
Porque eso significaba que no había vivido una mentira de principio a fin.
Había
vivido una historia que, en algún momento, dejó de ser lo que yo creía.
Y esa verdad era más difícil de aceptar.
Pero también empecé a recuperar pequeñas cosas.
Volví a usar pantalones de vestir.
Compré una chaqueta roja que Daniel habría considerado demasiado llamativa.
Me apunté a clases de baile.
Invité a mis padres a cenar sin preocuparme de que mi suegra criticara el menú.
Y dejé de disculparme por trabajar hasta tarde cuando un proyecto realmente me apasionaba.
Después de revisar las condiciones con mi abogada, acepté la
dirección técnica de Atlas.
Esta vez mi nombre aparecía donde correspondía.
No debajo del de Daniel.
No escondido en las notas de un informe.