Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

—¿Mi esposa se va a morir?

—Estamos haciendo todo lo posible para evitarlo. Necesitamos estabilizarla y realizar una cesárea urgente. La bebé es prematura y probablemente necesitará cuidados intensivos.

Beatriz comenzó a temblar.

—Doctora… ¿esto puede provocar convulsiones?

Valeria asintió.

—Es una de las complicaciones que queremos prevenir.

Mi consuegra soltó un gemido extraño.

—Dios mío… otra vez no.

Antes de entrar al quirófano, Mariana pidió hablar conmigo a solas.

Tenía una vía intravenosa en el brazo y el rostro pálido.

—Mamá, necesito que me prometas algo.

—Lo que sea, mi vida.

—Si me sucede algo, no permitas que Diego se lleve a mi hija a vivir con sus padres.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué dices eso?

—Prométemelo.

Se lo prometí.

La llevaron a cirugía y las puertas se cerraron ante mis ojos.

Durante las siguientes horas, Diego permaneció sentado en el pasillo, llorando en silencio. Beatriz rezaba mientras apretaba su collar de perlas.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *