Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

Finalmente, la doctora apareció.

—La niña nació. Pesa aproximadamente un kilo ochocientos gramos y está recibiendo apoyo respiratorio. La cirugía terminó, pero Mariana deberá permanecer en terapia intensiva. Todavía está delicada.

La alegría de saber que mi nieta había nacido se mezcló con el miedo de perder a su madre.

Me acerqué a Diego.

—Ahora vas a explicarme por qué Mariana teme tanto vivir en casa de tus padres.

Mi yerno se cubrió el rostro.

—Porque llevo dos meses mintiéndole, Carmen. Y porque esta noche mi padre iba a anunciar algo que yo acepté a espaldas de mi esposa.

Entonces levantó los ojos, completamente deshecho.

—Lo peor es que Mariana ya había descubierto nuestro acuerdo. Y me dijo que, si yo lo cumplía, se llevaría a nuestra hija y no volvería conmigo.

PARTE 3

Me senté frente a Diego sin saber si abrazarlo o sacudirlo por los hombros.

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