—Mi contrato comienza la próxima semana.
El profesor respiró hondo.
—Necesito contarte algo sobre Camila antes de que salgas.
Miré el reloj.
Faltaban treinta y cinco minutos.
—Lo escucho.
—Encontramos archivos adicionales.
—¿Qué tipo de archivos?
—Tus archivos.
Sentí que la mano se me enfriaba alrededor del teléfono.
Lucía dejó de mirar las pantallas de salidas y se volvió hacia mí.
—¿Dónde?
—En el ordenador institucional asignado a Camila.
Cerré los ojos.
—¿Cuántos?
—Más de treinta.
Silencio.
—Hay borradores tuyos.
—Tablas.
—Notas.
—Incluso dos versiones de tu propuesta doctoral que nunca enviaste al grupo completo.
Eso sí me sorprendió.
—Es imposible.
—No estaban en el servidor compartido.
—Lo sé.
—Solo estaban en mi computadora personal.
El profesor tardó unos segundos.
—¿Alguna vez se la prestaste?
Pensé.
Dos meses atrás.
Un día en el laboratorio.
Mi batería se estaba agotando.
Había ido a buscar un café.