Camila estaba allí.
Me pidió usar el equipo para revisar un archivo porque el suyo estaba actualizando.
Le dije que sí.
Tal vez diez minutos.
Quince como máximo.
—Una vez.
—Eso explicaría parte del acceso.
Sentí una mezcla desagradable de ira y asco.
—¿Qué hizo?
—Todavía estamos investigando.
—Pero el departamento ha suspendido temporalmente su acceso al laboratorio.
—También abriremos un procedimiento formal por posible mala conducta académica.
Miré la puerta de embarque.
—Entiendo.
—Elena.
—¿Sí?
—Lamento cómo manejé la reunión.
Eso sí me hizo guardar silencio.
El profesor continuó:
—Debí detener la acusación inmediatamente.
—Debí pedir pruebas antes de permitir que aquello ocurriera frente a todos.
—No fue usted quien mintió.
—Pero era mi responsabilidad controlar la sala.
Su voz se endureció.
—Y tengo otra pregunta.
—Dígame.
—Adrián afirmó que te vio copiar.
Mi mandíbula se tensó.
—Sí.