me había buscado y yo no estaba allí.
Llegué a Cambridge bajo una lluvia fina.
Dos maletas.
Una mochila.
Una habitación temporal.
Y una sensación
extraña.
Durante los primeros días cada cosa me recordaba que estaba sola.
No sola en el sentido triste.
Sola en el sentido literal.
No había nadie esperándome para desayunar.
Nadie que supiera cómo tomaba el café.
Nadie a quien pudiera llamar para decir:
«Compra leche cuando vuelvas».
Yo había pasado toda mi vida creyendo que Adrián era parte de mi estructura.
Como una calle del barrio.
Como la puerta de casa.
Como una fecha de nacimiento.
No era un novio.
Ni siquiera era oficialmente mi pareja.
Era algo más difícil de nombrar.
Una presencia.
Y de pronto esa presencia ya no estaba.
El primer domingo desperté y, por reflejo, tomé el teléfono.
Iba a enviarle una fotografía del cielo.