Una expresión menos impaciente.
Me encontró inmediatamente.
Se detuvo.
Yo también.
El profesor Herrera miró entre ambos.
—Creo que voy a pedir otro café.
—Profesor…
Ya se había levantado.
Cobarde.
Adrián se acercó.
—Hola.
—Hola.Se sentó frente a mí.
—No sabía que habías vuelto.
—No había razón para que lo supieras.
Asintió.
—Sí.
Eso me sorprendió.
El antiguo Adrián habría preguntado por qué.
Habría hablado de veinte años.
De nuestras familias.
De lo «extraño» de no contarle.
Este solo dijo:
—Sí.
Nos quedamos en silencio.
—Estás bien —dijo.
—Sí.
—Me alegro.
—Gracias.
Otra pausa.
—Leí tus publicaciones.
—Lo sé.
Su rostro mostró vergüenza.
—Claro.
—Tus correos.
—Sí.
—Los leí.
Adrián levantó la vista.
No había esperanza en mi frase.
Solo información.
—Gracias.
—No tienes que agradecerlo.
—No.
Se pasó una mano por el vaso.