—¿Cuál es la diferencia?
—Si me hubiera ido por ti, estos cinco años seguirían tratándose de ti.
Me puse el abrigo.
—Acepté porque quería ir.
Su expresión se volvió extrañamente triste.
—Entiendo.
—Espero que sí.
Cuando regresé a Cambridge, encontré un último correo.
«Gracias por hablar conmigo.
No volveré a escribir si tú no lo haces primero.
Creo que durante años confundí estar siempre en tu vida con tener derecho a seguir en ella.
No es lo mismo.
Que te vaya bien, Elena».
Ese fue el último.
No respondió a mis cumpleaños.
No mandó fotografías.
No preguntó a Lucía.
No buscó a mis padres.
Por primera vez, respetó lo que yo había pedido sin intentar negociar.
Y, paradójicamente, fue entonces cuando empecé a recordarlo con menos rabia.
Camila reapareció en mi vida durante el cuarto año.