Estaba asustado.
Saqué del bolsillo una hoja que me habían entregado en el banco.
Durante meses yo había supuesto que Andrés simplemente gastaba casi todo su sueldo antes de llegar a casa. Siempre decía que el mantenimiento de su camioneta era caro, que la gasolina había subido o que en el taller donde trabajaba le descontaban herramientas y uniformes.
Pero mientras cambiaba mis ahorros de cuenta pregunté por varios movimientos que no reconocía.
No habían salido de mis 65,000 pesos, porque ese dinero estaba en un apartado separado.
Habían salido de la cuenta donde depositábamos para los gastos mensuales.
Cada quincena Andrés transfería cantidades pequeñas a su mamá.
Mil pesos.
Mil quinientos.
Dos mil.
A veces tres mil.
En los últimos diez meses habían sido casi 24,000 pesos.
—Mientras yo limpiaba pisos después de trabajar ocho horas en la fábrica, tú le mandabas dinero a tu mamá —le dije—. ¿Para qué?