Andrés bajó la mirada.
—Ella tenía gastos.
—¿Qué gastos?
No respondió.
Graciela, que seguía escuchando desde el pasillo, intervino.
—No tienes derecho a cuestionar lo que un hijo le da a su madre.
—Sí tengo derecho cuando ese dinero debía pagar comida, luz y zapatos para nuestra hija.
Fernanda comenzó a ponerse nerviosa.
—Mamá, vámonos.
Eso me llamó la atención.
—¿Por qué tanta prisa?
Nadie contestó.
Miré otra vez los movimientos.
Finalmente entendí.
Una de las transferencias tenía como referencia “Jardín”.
Otra decía “foto”.
Otra, “invitaciones”.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Llevamos casi un año pagando esta boda?
Andrés se sentó sobre la cama.
—Solo ayudé un poco.
—¿Un poco?
Recordé el invierno anterior, cuando Camila había tenido fiebre y yo había esperado cinco horas en una clínica pública porque Andrés aseguró que no podíamos pagar una consulta particular.