Recordé el refrigerador que fallaba y que nunca reemplazamos.
Recordé que llevaba dos años cortándome el cabello yo misma frente al espejo.
Mientras tanto, nosotros habíamos estado financiando centros de mesa, fotografías y anticipos para una fiesta de cien personas.
—Fernanda —pregunté—, ¿tú sabías?
Mi cuñada se cruzó de brazos.
—Andrés es mi hermano. Quería ayudarme.
—¿Sabías que Camila necesitaba zapatos?
—Eso es problema de ustedes.
La frase cayó en la habitación como una piedra.
Andrés levantó la cabeza inmediatamente.
Incluso él pareció sorprendido.
Yo, en cambio, sentí una calma extraña.
Ya no tenía nada que discutir.
Abrí el clóset y saqué una maleta.
—¿Qué haces? —preguntó Andrés.
—Empacando tus cosas.
—Natalia, no exageres.
Doblé dos pantalones y los metí dentro.
—Diez años te parecen poco porque nunca fuiste tú quien renunciaba.
—Podemos hablarlo.