—Me pidió que lo dejara gestionar los documentos. Dijo que protegería mi identidad. Pero después empezó a exigirme favores, a controlar las comunicaciones y a recordarme que había puesto mi patrimonio en peligro.
Apreté los puños.
—¿Qué clase de favores?
Alina tardó en responder.
—Quería que firmara una modificación de los acuerdos financieros. Con ella, una parte de las garantías que yo había aportado quedaría bajo el control de una sociedad vinculada a él.
Comprendí entonces que el rescate de mi empresa podía haber sido algo más que un acto de generosidad.
Alguien había aprovechado nuestra peor crisis para construir una trampa.
—¿Y cuando te negaste?
Alina empezó a temblar.
—Me dijo que podía hacerte creer que yo había cometido fraude. Que destruiría nuestro matrimonio y se aseguraría de que nadie volviera a confiar en mí.