Después alguien golpeó suavemente el cristal.
Tres veces.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta.
Entonces una voz masculina habló desde el exterior.
—Señora, sabemos que compró esta propiedad.
Ana apretó el teléfono.
—¿Qué quiere?
—Solo conversar.
—Vuelva mañana.
Hubo un silencio.
Después el hombre dijo:
—Lo que encontró no le pertenece.
Ana sintió un escalofrío.
—No sé de qué habla.
El desconocido soltó una risa seca.
—Entonces