Quién camina contigo

Una factura no se escribe a mano. Y una factura no lleva el apellido Herrera. Durante toda la tarde le di vueltas, mientras recogía a Mateo de la escuela y le revisaba la tarea de sumas. Pensé en abogados, en dinero, en deudas viejas. Pensé en lo peor, porque con Rubén siempre había que pensar en lo peor. Seis años de silencio no terminan con una carta sin motivo, y yo no lograba imaginar cuál sería ese motivo.

Esa noche, cuando Mateo se durmió y Camila se encerró en su cuarto con una bolsa de hielo en el hombro, salí al porche y volví a marcar el número de mi padre. Contestó a la primera. “¿Ya se me cayó la cadera?”, bromeó. Yo no pude sonreír. “Papá, necesito preguntarte algo. ¿Rubén ha dado señales de vida? ¿Ha llamado, ha escrito, ha pasado por allá?”

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