Del otro lado no hubo respuesta. Oí el tic de su reloj de pared y, muy lejos, el mugido de una vaca en el corral. Mi padre nunca se quedaba callado cuando le preguntaban algo. Si no sabía, decía que no sabía. Si no quería contestar, decía que no quería. Ese silencio era distinto, era el silencio de alguien que pesa las palabras con las dos manos. “¿Papá?” “Aquí estoy, mija.” Se aclaró la garganta. “Te lo iba a decir después de la ceremonia, para no echarte a perder la semana.”
“Rubén vino al rancho hace dos semanas. Llegó caminando desde la carretera, flaco, con la camisa abotonada hasta el cuello. Me preguntó la fecha de la ceremonia de Camila. Yo me negué a dársela, porque no me tocaba a mí decidir eso, y se lo dije. Se quedó un rato mirando las vacas y asintió, como quien ya esperaba la respuesta.” Hice un ruido con la garganta, pero no salió ninguna palabra. “Y antes de irse, mija, me dijo algo que no he podido sacarme de la cabeza. Dijo: «No importa, don Aurelio. Ernesto me la va a dar.»”Parte 3. Lo que Camila no dijo