Colgué y me quedé un largo rato en el porche, con las rodillas dobladas contra el pecho. Rubén había ido a buscar a mi padre. Rubén había pedido la fecha. Y Ernesto tenía un sobre escondido en un cajón con el apellido de Rubén en el remitente. No quise unir las piezas, porque me daba miedo el dibujo que formaban. Entré a la casa, apagué las luces una por una y subí despacio, pensando en el hombre que fue mi esposo antes de que Ernesto llegara.
Rubén Herrera era un hombre encantador. Tocaba la guitarra, sabía todos los corridos y tenía una sonrisa que le abría puertas a cualquier hora. Cuando me enamoré de él no vi la botella que siempre andaba cerca, o la vi y la confundí con alegría. Prometía como otros respiran. Prometía llevarnos a la playa, prometía pagar la renta, prometía dejar de beber. Y Camila, que desde chiquita le creía todo, lo esperaba sentada en el escalón de la entrada con la mochila puesta, aunque nadie le hubiera dicho que él venía.