Se le olvidaron sus cumpleaños uno tras otro. En el séptimo, ella apagó las velitas mirando la puerta, y yo corté el pastel en silencio mientras los invitados fingían no notar nada. En el noveno llegó una tarjeta con dos semanas de retraso, firmada con una letra apurada, y Camila la guardó en un cajón sin decir una palabra. En el décimo ni siquiera hubo tarjeta. Yo aprendí a inventar excusas con voz alegre: está trabajando, mi vida, se le descompuso el carro, seguro llama mañana.
Lo peor fue la final. Camila tenía once años y su equipo había llegado a la final regional de menores, la primera de su vida. Rubén me había jurado por teléfono que ahí estaría. Ella jugó los tres sets con un ojo en el balón y otro en la puerta del gimnasio, y cada vez que alguien entraba, el cuerpo se le enderezaba como un resorte. Perdieron en el último punto. Rubén nunca llegó. Después de esa tarde no volvió a llamar. Ni una vez en seis años, ni siquiera para Navidad.