Esa tarde, desde la última fila, vi a Ernesto. Había salido corriendo de la bodega, todavía con el chaleco de trabajo y las botas llenas de polvo de semilla, y se había colado entre la gente para alcanzar el segundo set. No dijo nada cuando Camila salió llorando de la cancha. Solo le puso su chaleco sobre los hombros, con todo y su olor a costal, y la llevó por un helado. Yo los vi irse juntos y pensé, sin saberlo, que ese hombre había ganado algo que no se pide.
Eso seguía pensando cuando llegué al pasillo del segundo piso. Por la puerta de Camila salía una línea de luz. Toqué con los nudillos y ella dijo que pasara. Estaba acostada boca arriba, con el jersey guinda sobre el pecho y un balón de voleibol a un costado, mirando las estrellas de plástico que pegó en el techo a los diez años. “¿Hablaste con el abuelo?”, preguntó sin voltear. Me senté en la orilla de la cama. “Dice que a las seis y doce estará en esa puerta. Con el bastón y todo.”