Camila sonrió, apenas, y se le llenaron los ojos de lágrimas al mismo tiempo. “Gracias, mamá. Quiero mucho al abuelo. No quiero que pienses que no.” Se tapó la cara con el jersey y habló desde ahí, con la voz apagada por la tela. “Pero hay una cosa que no dije en la cena. Cuando le pedí a Ernesto que caminara conmigo, no fue por lástima ni porque no tuviera a nadie más.”
Bajó el jersey. Tenía el rostro mojado. “Fue porque él es el único que siempre llegaba. Cuando papá no fue a la final, yo estaba segura de que nadie iba a ir, y de pronto vi a Ernesto entrando con el chaleco todo sucio de semilla. Después vino a cada partido, a cada entrenamiento, a cada día. Nunca me prometió nada. Solo llegaba.” Se secó la nariz con la manga. “Yo no quería caminar con alguien que me hiciera un favor, mamá. Quería caminar con el que llega.”