Quise decirle muchas cosas. Que Ernesto la quería. Que seguro tenía una razón que yo todavía no entendía. Que había un sobre en un cajón y un hombre que había ido al rancho de su abuelo a pedir una fecha. Pero no dije nada de eso, porque no sabía qué parte era verdad, y porque una hija de diecisiete años no necesita las dudas de su madre la noche antes de su ceremonia. La abracé, y ella se dejó abrazar, con el balón clavado entre las dos.
Estábamos así cuando el celular de Camila vibró sobre la colcha. La pantalla se iluminó con un número que ninguna de las dos conocía. “Será de la escuela”, murmuró, y lo tomó. La vi leer el mensaje una vez, sin mover los labios, y vi cómo se le iba el color de la cara. Los dedos le temblaron tanto que casi se le cayó el aparato. “¿Qué pasa, mi vida?” No podía hablar. Después, con la voz quebrada, empezó a leer en voz alta.