“Anoche me asomé y te vi guardando un sobre.” Sus dedos se detuvieron sobre las teclas. “¿Un sobre? Ah, eso. Una factura.”
“¿De quién?”
“Del proveedor, el de los costales. Se equivocaron en la cuenta y me la mandaron otra vez. Nada importante.” Hablaba demasiado rápido, con la vista pegada a la calculadora.
“Venía escrita a mano, Ernesto.”
“Así escriben algunos.” Se levantó, movió un costal que no estorbaba y se recargó de lado contra el escritorio, justo sobre el cajón.
Pude haber insistido. Pude haber abierto el cajón yo misma. Pero faltaban solo dos días para la ceremonia, y no quería que Camila bajara a una casa donde sus padres se gritaban detrás de una puerta. Así que me tragué la pregunta, le dije que no se le olvidara comer y salí al sol del patio con la certeza incómoda de que le había creído a medias. Ernesto no sabía mentir. Nunca había sabido. Y lo que me había dicho sonaba exactamente a una mentira de Ernesto.