Quién camina contigo

Le expliqué que a Camila la llamarían a las seis y doce. “Entonces a las seis y doce estoy en esa puerta”, dijo. “Con el saco beige y los zapatos boleados. Tú dile a Camila que cuente conmigo, y que no se preocupe por mi cadera, que para eso tengo bastón.” Quise darle las gracias, pero la voz no me alcanzó. Colgué con el teléfono apretado contra el pecho, como si todavía lo tuviera del otro lado.

Al mediodía fui a la bodega con un recipiente de arroz con pollo. Adentro olía a costal, a maíz seco y a tierra, y los sacos de semilla se amontonaban casi hasta el techo. Ernesto estaba detrás del escritorio con una calculadora, el chaleco de trabajo puesto y los lentes en la punta de la nariz. Me dio las gracias sin mirarme. Dejé la comida junto a un montón de papeles, y como no supe cómo empezar, empecé por lo más simple.

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