Quién camina contigo

Esperé a que dieran las ocho, porque mi papá se levanta a las cuatro y para esa hora ya terminó el ordeño. Contestó al tercer timbrazo. Detrás de su voz se oían los cubetazos y un radio de estación ranchera. “¿Quién se murió, mija?” “Nadie, papá. Es por Camila.” Y se lo conté todo, con el teléfono pegado a la oreja y los codos en el fregadero: la cena, el tenedor sobre el plato, la frase de Ernesto, los platos que ella lavó uno por uno, el jersey, su pregunta.

Mi padre me escuchó sin interrumpirme. No dijo “pobre muchacho”, no dijo “qué falta de corazón”, no dijo nada de Ernesto. Yo esperaba una opinión, la que fuera, y solo oí su respiración lenta y el chirrido de una puerta de corral. Cuando terminé, pasó un buen rato. Después hizo una sola pregunta, con la voz de siempre. “¿A qué hora tengo que estar allí, mija?” Se me llenaron los ojos de lágrimas y tuve que taparme la boca para que no me oyera llorar.

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