La recuperación no fue rápida.
Había noches en que Mariana se escondía dentro del armario, tapándose los oídos.
—Ya lavé todo —repetía—. No me echen agua, por favor.
Yo me sentaba a una distancia prudente y le decía:
—Estás en casa. Valentina está segura. Tú decides cuándo puedo acercarme.
A veces tardaba una hora en permitirme abrazarla. Otras veces no quería que la tocara, y aprendí a respetarlo.
También fui a terapia. Descubrí que mi obsesión por ser “el hijo perfecto” había nacido del miedo a parecer ingrato. Había confundido obediencia con amor y provisión económica con responsabilidad emocional.
No bastaba con expulsar a mi madre. Yo debía reconstruir la confianza que había quebrado al ignorar a Mariana.
Tres meses después, ella volvió a reír por primera vez mientras Valentina intentaba comerse una servilleta. Fue una risa breve, oxidada, pero llenó la cocina como si alguien hubiera abierto todas las ventanas.